MARRAKECH.-El avión aterrizó en Marruecos, poco después del amanecer, el exótico mundo islámico del Norte de África estaba frente a nuestros ojos. Bajamos al aeropuerto para hacer la parada obligada en migración, pero los mexicanos no necesitan visa, así que el trámite fue rápido.
Las letras en árabe y los diseños del aeropuerto, que evocan a los palacios de los sultanes, son la primera señal de haber entrado a otra realidad. Antes de salir hay que cambiar los dólares a dirhams, su moneda oficial.
Desde que vas en el autobús las imágenes de la vida cotidiana parecen una fotografía del pasado, de una ciudad que fue creada en el Siglo XI y finge haber permanecido sin cambios.
Los dromedarios o camellos arábigos caminan entre las calles, pasan entre las motos que son el principal medio de transporte de los citadinos, mientras que algunos automovilistas en carros viejos pitan a las carretas con burros que llevan las legumbres a vender al mercado.
De pronto aparece La Koutoubia, una mezquita que tiene un alto minarete y es el símbolo principal de la ciudad, desde lo más alto comienza el llamado a rezar, es un extraño sonido gutural que asusta un poco a quien no está acostumbrado a oírlo.
La primera parada es la Plaza Jemaa El Fna, cuyo nombre obedece al palacio ubicado en esa zona. Con 1.5 millones de habitantes, la ciudad tiene una activa vida comercial y social. Desde este punto puedes llegar a los zocos, una serie de laberintos comerciales donde te venden todo tipo de artículos árabes, desde una palestina (tela para que los hombres se hagan los turbantes) hasta las burkas y los hiyab, que las mujeres deben usar de acuerdo a la religión islámica.
La ciudad está protegida por una muralla roja, que tienen miles de huecos con nidos de pájaros, el sonido de los las crías en combinación con el rojizo atardecer da una sensación apocalíptica.
En Marruecos el inglés y el español, sirven de muy poco, son el francés, el árabe y las lenguas bereberes (en menor grado) las de uso común, pronto aprendes a decir cosas básicas como shukrán, que significa gracias.
Nos traslados al Palacio El Badia, construido por Ahmed El Mansor durante el siglo XVI y considerado durante mucho tiempo una maravilla del mundo musulmán. Su edificación fue impulsada en la dinastía de los Saadis, cuando procedentes de Souss tomaron Fez y reinaron sobre todo Marruecos.
Cerca están las majestuosas tumbas de esta estirpe dinástica, la combinación de su impresionante arquitectura árabe y sus sistemas de enfriamiento, convierten al cementerio en un apacible sitio de descanso para toda la eternidad.
Pero los más impresionantes diseños están en el Palacio de la Bahía, construido en el Siglo XIX, por lo que todavía puede apreciarse el estilo arquitectónico del Magreb, que influyó en España, Marruecos, Túnez y la isla de Sicilia. Vale la pena dejar la cámara un momento para sentarse a apreciar cada uno de los pequeños diseños cóncavos que se repiten miles de veces.Están hechos de estuco y yeso labrado, permitiendo que siempre esté fresco.
La población recibe muy bien al turista, sin embargo, hay que tener cuidado porque obligan a que les den propina simplemente por decirte para donde queda una calle. Tampoco es recomendable que las mujeres extranjeras vayan solas, en su cultura el sexo femenino debe ser sumiso.
Los comerciantes siempre ofrecerán un precio cuatro o cinco veces mayor al real por su mercancía, por lo que es recomendable regatear lo más posible, al igual que al usar el servicio de taxi.
Lo que no puede perderse es el atardecer en La Menara, sobre el fondo de cadena del Atlas, es un lago artificial con una construcción arábiga que invita a la meditación y la reconstrucción del alma.
En la noche el mercado de comida de la plaza Jemaa el Fna es una buena opción para alimentarse a bajo costo, pueden encontrarse platillos exóticos como son los caracoles, una de las comidas predilectas de la población.
Marrakech también cuenta con una infraestructura turística para personas de alto poder adquisitivo, con hoteles lujosos, albercas y campos de golf, pero sí se trata de conocer la vida real un avión de Madrid lo lleva por 24 euros ida y vuelta en época de descuento, el hostal con bellos acabados puede costarle alrededor de 8 euros la noche y una buena comida en el mercado 1.7 euros, por su puesto, convertidos en dirhams.
(Por un errorcillo técnico aparació publicada en el diario con otro nombre, pero es mía y aquí está completa)
sábado, 11 de septiembre de 2010
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